Tu tonada y tu rostro europeo, el cual recuerdo haber distinguido gracias a las luces tenues del lugar, cada tanto cruzan mi mente, casi con la misma espontaneidad con la que me sonreíste aquella noche, luego de haber intercambiado algunas palabras.
No estaba segura de lo que me intentaban prometer tus ojos a la distancia, pero me di cuenta que estabas a punto de dar por finalizada la noche. Miré a mi alrededor y la vi observándome, expectante de lo que sabía que estaba a punto de suceder. Sin dudarlo, caminé hacia vos. Te encontrabas relajado, apoyando la espalda en una columna porque tus pies ya no te daban la firmeza que necesitabas. Aún así, también esperabas ansioso. Me acerqué a tu oído, ya que la música estaba muy alta para que me escuches. Pregunté, como si necesitara esa formalidad con vos, y me diste una afirmación tímida. Nuestra diferencia de edad parecía invertida, y eso me dio la valentía para inclinarme hacia tus labios como si un viento fuerte de invierno hubiera empujado mi cuerpo a tus brazos, que me rodeaban con firmeza.
Luego de esa merecida despedida, te alejaste sin dejar de mirarme. Me quedé observándote con una amplia sonrisa hasta verte desaparecer. Fue en ese momento cuando giré, y aquel gesto en mi cara se borró por completo. Pero volvió a aparecer al instante en el que la vi venir hacia mí a un paso acelerado. Me detuvo la respiración unos segundos, pero luego volví a vestirme con la confianza que tenía hace sólo un minuto. Solté una carcajada por la manera en que sus cejas se arquearon sobre esos ojos verdes que me enamoraban. Al llegar, me dio un pequeño empujón, pero no logró que la sonrisa abandone mi rostro. Eso la enojó más y se marchó.
No dijo ni una palabra en el camino al hotel.
Al llegar, me dirigí a su habitación, pero no la encontré. De todos modos, me quedé. Caminé hacia un diminuto balcón al que asistíamos todas las madrugadas a ver las estrellas. Este se encontraba al salir por la ventana que quedaba justo a la izquierda de su cama.
Al rato, la escucho entrar llamando mi nombre. Ya sabía que me encontraba ahí, o lo suponía. Se acercó a la ventana, y al verme allí, quedó en silencio. No volteé en ningún momento, pero podía jurar que no apartaba sus ojos de mí. Dejé escapar un suspiro que pareció golpear con agresividad la tranquilidad que nos había rodeado. Iba a hacer algún comentario sobre algo banal, pero ella se adelantó. Dejó escapar las palabras que tanto esperaba oír. Y luego de escupir la confesión, retomamos el silencio que había interrumpido.
Esperaba mirar hacia atrás y no verla. Es lo que sucedía con frecuencia. Dejaba al descubierto sus sentimientos y cuando era mi momento de hablar, desaparecía. Logrando, para su felicidad, que nunca más habláramos del tema. Pero esta vez no fue así. Por primera vez en años, mis ojos la buscan y la encuentran.
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